20 años de casados (2º parte)

Una vez inagurado el marcador del placer y roto el hielo, la celebración de los 20 años de casados continuó tal que así… (Para leer el comienzo haz click aquí)

Después del gran momento corrida de la chica, tuvimos que parar unos minutos. Ella no era capaz de reponerse de tanta intensidad. Realmente la imagen de aquella habitación era sublime. Una perfecta ninfa desnuda sobre la cama tirada, con un sábana dejada caer por encima. Tapándola ligeramente sus zonas íntimas pero insinuándose por los rayos de luz que entraban de la ventana. Mientras que mi marido y yo, recogíamos y secábamos el desaguisado que habíamos provocado.

Nos fuimos al baño y en la ducha, comenzamos nuestro momento de placer. Mi joven amiga descansaba en nuestra cama. Mientras nos duchábamos, comenté con mi marido el momento. Me dijo que estaba siendo una celebración digna de la ocasión. Pero que se sentía un poco mal porque él estaba disfrutando mucho más que yo. Le contesté que no pasaba nada, que yo era muy feliz de verlo a él feliz. Mientras, nos hacíamos arrumacos y seguimos hablando lo acertado y excitante que era la presencia de la chica.

En ese gran baño del balneario, y con la ardiente pasión aún por el cuerpo, nos dejamos llevar por los instintos. Mi marido apoyado sobre un cómodo poyete y con las piernas abiertas, no me quedó otra opción que darle sexo oral. Comencé arrodillada frente a él. Con una mano sujetando sus testículos y con la otra guiando su polla para que entrara bien en mi boca. Es algo que hacemos mucho, pero yo no podía quitarme de la mente la imagen de la chica haciendo lo mismo que yo. En esas divagaciones, mi marido se perdía mirando el movimiento natural de mis pechos. Me decidí por ponerme de pie con la espalda inclinada para que le fuera más sencillo jugar con ellos. Él lo estaba deseando. Tiene unas manos únicas. Me excitó tremendamente rápido. Yo devoraba su duro miembro a la vez que con una mirada cómplice y pícara le transmití que quería más acción. Sus dedos fueron raudos a mi ano. Deslizaron entre las nalgas y comenzó a jugar con mi orificio. Por mi parte, le estuve masturbando a mano sin dejar que su gande saliera de mi boca. Hasta algún momento de garganta profunda le regalé en esos instantes.

De esa guisa fuimos sorprendidos por la chica. Ella se sorprendió aún más de la situación. Después de su orgasmo, se había quedado traspuesta en la cama y estaba algo desubicada. En cuanto nos vió, salió del baño. Mi marido la invitó a entrar y quitarle hierro al asunto. Si ya la habíamos visto a ella disfrutar, era justo que ella nos pudiera ver. Aprovechamos para pasar de nuevo a la comodidad de la cama. Me coloqué a 4 patas en uno de los bordes y mi marido detrás comenzó a penetrarme vaginalmente. Con toda la naturalidad y sin dar importancia a que teníamos una espectadora de excepción. Verdaderamente la chica no estaba tan incómoda mirando como podría parecer en un primer momento.

Yo no la presté atención, me concentré en la polla de mi marido. En cómo entraba y salía de mi cuerpo y en cómo me dilataba a golpe de placer. Él por el contrario, si la prestaba más atención. La química entre ellos era más que palpable. Sobre todo después del placentero beso negro. Mi marido, rozando el medio siglo, es normal que sienta atracción por una chica joven de 20 años. Y por las conversaciones que he tenido con ella, estaba realizando sus bajos instintos. Disfrutar de un maduro que además cumple con su prototipo de hombre.

Tanto es así, que llegaron a conversar mientras me follaba. Alcé la vista entre momentos de placer y descubrí algo que me excitó todavía más. La chica se encontraba sentada en el escritorio, con los pies apoyados en la silla, las rodillas abiertas y masturbándose a la vez.

Estaba claro que ya no había ningún tipo de incomodidad.

Con los primeros signos de agotamiento de mi marido, la invitó a unirse a la cama. Dejar de ser espectadora y ser protagonista. Incluso habiendo previsto condones, le preguntamos si le importaba hacerlo sin ellos. Por hacer más ágil todo. Ella respondió que tomaba píldora y que llevaba un tiempo sin nada. Yo ya lo sabía por nuestras conversaciones. Así que se acercó a la cama y se puso a 4 patas igual que yo.

Ambas comenzamos a usar nuestras lenguas contra la polla de mi esposo. Una doble mamada que pronto se tornó en una batalla de juventud contra experiencia. Una sujetaba con las manos la polla y la otra lamía y comía. Mi marido estaba encantado. No perdía ni un detalle de lo que hacíamos. Sus largos brazos no dejaban de manosearnos a las dos, masturbanos el ano (al menos a mi) y acompañar la cabeza cuando le hacíamos garganta profunda. Sobre todo cuando era ella. Yo la ayudaba y veía como disfrutaba. Podía tragarla toda completa sin un ápice de agobio. Lo hacía lentamente y al llegar al fondo, se recreaba en las sensaciones y en el placer de mi marido.

De ahí pasamos a jugar a una especie de ruleta rusa de la eyaculación. Me puse yo a 4 patas y ella se puso también tumbada sobre mi. De forma que quedábamos las dos una sobre otra puestas a 4 patas. La mayor comodidad para mi marido de cara a poder penetrarnos intercaladamente. Para mí, e imagino que para la chica, era una situación muy excitante. Esperar la penetración y sentir de alguna manera la penetración en la otra. En mi caso, podía sentir todo el cuerpo de ella sobre mi espalda. Cada espasmo, cada reacción de su cuerpo a la penetración, yo lo percibía. En las primeras embestidas no, pero ya cerca de las últimas, comencé a sentir hasta su flujo gotear en mi cuerpo. Sin duda ella estaba excitada y muy cachonda, su coño chorreaba sobre mi culo y se mezclaban sus fluidos al converger con los míos.

La corrida de mi marido fue apoteósica. En ningún momento dejó ni cambió el ritmo de follarnos. Simplemente se dejó llevar por el placer. En cuanto sintió que su momento se aproximaba, cogió distancia y apuntó contra nosotras. Su semen salió disparado. Repartió su semen por igual entre el culo de la chica y el mio. Cada chorro que disparaba su polla, era para una de nosotras. Intercalando cada chorro hasta que se quedó completamente seco. No solo para mi fue morboso, por la espalda sentí la respiración de mi joven amiga. Por detrás, como escurría el semen de mi marido que bajaba después de recorrer el culete y entrepierna de ella.

Después de esto, continuó la celebración de un hito tan especial como 20 años de casados. Pero esta vez, fue algo mucho más íntimo y privado.