Cuidados especiales en el hospital

Por una cuestión de privacidad no comentaré donde ocurrió exactamente. Solo diré que fue en un hospital, en una 4ª planta por ejemplo. Uno de los protagonistas es un chico que fue operado de un quiste en una axila. El otro protagonista uno de los enfermeros de la compañía.

Después de la operación, como es lógico, siempre se requiere de un tiempo de reposo y observación. Dentro de este protocolo a cualquier enfermo se le mantiene una vía para gotero y medicación. Además del clásico monitor tipo pulsioxímetro. El cacharro ese que se pone en un dedo y sirve para conocer las constantes.

Conociendo esto y estando el enfermero del hospital en el relax del turno de noche, de repente uno de los monitores comenzó a subir las mediciones. Aumento de presión arterial, mayor oxígeno en sangre, ritmo cardíaco… Ante la posible alarma, el enfermero decidió acudir a echar un ojo a la habitación de este paciente.

Al entrar se encontró una grotesca imagen. El paciente estaba con los ojos cerrados, la boca entreabierta y su mano no dejaba de agitarse bajo la sábana. Efectivamente se estaba masturbando. En el momento que abrió los ojos al escuchar el ruido del enfermero entrando en la habitación, tuvo un respingo. Un sobresalto que le asustó. Los dos mirándose fueron momentos relativamente incómodos. El enfermero, realmente sintió alivio al conocer que era una falsa alarma, que solo era una paja. Por su parte, el enfermo si que estaba más avergonzado por la pillada. Aunque sacó la mano rápidamente de debajo de la sábana, su abultada entrepierna inadvertida no pasaba.

El enfermero se acercó a él y le explicó la situación. Que es algo normal que quisiera darse un gusto, pero que al estar monitorizado tuviera más cuidado. Ya que al alterar sus constantes vitales podrían saltar las alarmas y como hizo él, presentarse de improviso y con urgencia en la habitación.

A esas horas de la noche y de forma susurrada, surgió algo más que una mera explicación en esa habitación de hospital. Ninguno de los dos ocultaba su orientación sexual y la excitación que les había producido el encontrarse así. El enfermero fue el primero en abrir la caja de pandora. Cargada de doble intención le preguntó si necesitaba algún tipo de atención. El enfermo no le negó la ayuda. De una forma muy discreta, y colocándose los guantes, se acercó al lateral de la cama. Introdujo una de sus manos por debajo de las sábanas y comenzó la ayuda. Sujetó con firmeza la polla del enfermo y la comenzó a masturbar suavemente. El paciente le miraba con morbo y placer. El enfermero con lujuria y deseo. Rápidamente se endureció. El paciente se movía inquieto en la cama y una serie de sudores recorrían su frente. El enfermero le preguntó en voz baja que le iba más. El otro solo le contestó, versátil.

El enfermero se metió dos dedos de su mano en la boca para chuparlos bien a fondo y sin dejar de pajearle se los llevó hasta el ano. El paciente se acomodó y los dedos entraron sin pudor en su interior. Apretado y caliente fue abriéndose el agujero. Los huevos se le fueron apretando y la polla soltando pequeñas gotas de presemen. El enfermero cada vez era más activo con sus dos manos. Los dedos por debajo y la mano entera por la polla. Una sincronía del placer que el enfermo completaba con resoplidos y respingos.

No aguantó mucho más y sujetándose al borde de la camilla se chocó con la polla también dura del enfermero. Que para estar a la altura del momento, se frotaba y restregaba contra el colchón. El enfermo el agarró y consiguió sacarle la polla. Mucho más gruesa que la suya pero menos dura. Cayó el pantalón y se descubrió que no llevaba ropa interior. El paciente enseguida se interesó en él. Intentó llegar hasta su culo para tocarlo y comprobar si lo que estaba viendo de refilón era tan prometedor como su ilusión.

Todo esto llevó a una breve conversación. La cual terminó con el enfermero echándose algo de suero en las manos. Lo extendió bien por toda la polla del paciente. Sacó otro guante de uno de los bolsillos de la chaquetilla del pijama y se lo colocó a modo de condón.

Se subió encima y se autopenetró. Se colocó de rodillas y se fue sentando sobre su nuevo amigo poco a poco sin soltarlo. Cuando sus depiladas nalgas tocaron el ligeramente velludo pubis del enfermo se detuvo. Se acomodó y comenzó su placer. Movía sus caderas por encima de las piernas del enfermo. Intentó cabalgarlo pero la camilla estaba rebelde y rechinó un par de veces.

Entre suspiros de no, no, no, la corrida le llegó al enfermo. El enfermero no lo dejó. Siguió y siguió con su movimiento de cadera hasta que le sacó todo de su interior. El guante rebosaba semen por debajo. El paciente agotado se quedó traspuesto en la camilla y el enfermero recogió cualquier prueba del delito. Al despedirse le dijo, vuelvo en un ratito.