La noche de Halloween

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Halloween, día de los muertos, noche de brujas, tradición estadounidense importada de los irlandeses, heredada de las fiestas de los antiguos celtas.

Precisamente, de esa época viene esta leyenda. Hace muchos años, en los poblados de la vieja Europa se hacían distintos rituales para toda clase de invocaciones y protecciones debido a su fuerte creencia en lo sobrenatural y mundo espiritual. Esta fiesta proviene de una pequeña mezcla de estos ritos, en concreto de celebrar el fin de la cosecha abundante, a la vez que se mezcla con uno más tenebroso, el del comienzo de la noche continua.

De esta mezcla se cuenta que durante la noche de Halloween, los espíritus malignos encuentran la puerta de su mundo para salir a vagar por el mundo de los vivos. En su viaje efímero van haciendo calamidades y sembrando las penurias allá por donde pasan. Su forma de espantarlos era con máscaras que han ido mutando hasta los disfraces. Mientras que por el fin de la cosecha y la prosperidad se realizaban fiestas alegres y ostentosas en señal de la buena cosecha y fertilidad de las tierras.

Pero mucho tiempo antes de que empezara todo esto, la fiesta era mucho más básica, pagana, sexual. En el principio de la fiesta era algo así…

Llegado el día de la celebración y todos reunidos se organizaban en pequeños grupos de personas entorno a las tierras que trabajaban. Entre música, alcohol y otras sustancias, muchos de ellos llegaban a entrar en trance. La leyenda cuenta que entre este grupo de personas escogían a una mujer que sería “la elegida” para el rito. Mientras todos estaban en trance ayudaban a “la elegida” a protegerse de los malos espíritus a la vez que el sexo se apoderaba de todos. La mujer se colocaba desnuda en un templete (altar) cerca del fuego. Los hombres iban pasando según notaban que se aproximaba su eyaculación. Se acercaban, disparaban su carga y a seguir entregados al placer carnal para volver más tarde con otra corrida. El objetivo era claro, cubrirla por completo y que no fuera una tentación para los espíritus malignos, porque “la elegida” durante esa noche albergaba en su interior la fertilidad de las próximas cosechas. Para ellas se consideraba un honor ser la elegida por lo que colaboraba activamente con los hombres. Si querían llenar de semen su cara, ella se agachaba y arrodillaba ante ellos para que les fuera más sencillo lefar su cara. Les animaba a que le dieran toda su corrida, ofrecía su cara cerrando los ojos e inclinándose hacia adelante. A medida que el semen iba cubriendo su boca y labios evitaba hablar para que no se cayera. Más que la cantidad, se buscaba que fuera espeso y no escurriera, que se quedara adherido el semen a su piel y ahí secara para quedarse como una segunda piel que se escama y darle ese aspecto poco agraciado.Una vez acabada con la cara, se seguía con el resto del cuerpo. Escote y pechos, que según como fuera la mujer, era más fácil o más difícil el conseguir que se quedara el semen en su piel. A medida que iba pasando la noche iban completando su cuerpo.

Justamente cuando estaba próximo el alba, entre todos los allí presentes surgía el druida, una especie de brujo que ahora debía hacer su ritual de fertilidad. Él se subía junto a la mujer al altar, y comenzaba el rito de purificación. Éste consistía en limpiarla por completo a través de una serie de masajes y “bendecirla” haciendo unos dibujos tribales con ungüentos y hierbas aromáticas. Así para terminar masturbando a la mujer, primero suavemente jugando con todo su cuerpo y luego ya más concentrado en su pubis. Jugando con los dedos. Un dedo, dos dedos, según sube la excitación de ella pasa a tres dedos. Llegan los primeros orgasmos pero el druida no para y continúa, ya que así es el ritual y el objetivo es que la mujer tenga un squirt. Porque realmente, para ellos, eso no era un placer sumamente intenso sino la expulsión del espíritu de la fertilidad nacido del vientre de una mujer. Así ese terreno quedaba bajo la protección del espíritu y a la cosecha siguiente será prolifera y abundante.

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