20 años de casados

Después de 20 años de casados y alguno más de novios, se hace difícil encontrar un regalo que sorprenda y supere las expectativas de la pareja. Pero en los tiempos que corren que las relaciones apenas duran y a la mínima las parejas son incapaces de superar sus diferencias, debería ser un regalo acorde a dicha gesta.

Aun teniendo ya algunos años, nuestra vida sexual creo que sigue siendo la envidia de muchas personas de nuestra edad. Y precisamente por esta línea, se me ocurrió el regalo perfecto. Más bien ha sido por un cúmulo de situaciones que lo han permitido y se ha producido la oportunidad.

Le he regalado a mi pareja, y para mi también, un encuentro sexual con una veinteañera. Qué mejor regalo que el ímpetu, fogosidad y placer de la juventud. Quizás si eres joven no lo comprenderás mucho, pero si ya tienes cierta edad, sabes perfectamente a lo que me refiero.

Ella es una chica perfecta para este tipo de cosas. Guapa, con facciones dulces y piel tersa. Blanquita y que se ruboriza con facilidad. Un cuerpo menudo sin grandes distracciones y que se ocupa de cuidar con delicadeza y recelo. Hace ejercicio y tiene hábitos saludables. Y lo más importante, además de no tener pareja, siente especial atracción por las personas mayores que ella. Algo que he descubierto en los ratos de charla e intercambio de intimidades que tenemos a veces. Cosa que no viene al caso de porqué nos conocemos y tenemos trato habitual siendo de generaciones distintas.

Antes del gran momento, yo ya le había enseñado fotos de mi pareja y habíamos hablado en varias ocasiones sobre temas sexuales. Sabía que no iba a ver ningún problema.

Para la ocasión, disfrutamos mi marido y yo de un circuito termal, un servicio excelente de comida, y como colofón, una habitación del balneario con unas vistas a la naturaleza. Y la compañía de esta chica, que también disfrutó del lugar.

Durante esas horas previas, fuimos rompiendo el hielo y la incomodidad de la falta de confianza. Hasta que después de la comida, subimos los 3 a la habitación.

Mi marido, se tumbó desnudo sobre la cama, yo animé a nuestra joven amiga a que se dejara llevar por la tentación. Ella aun seguía vestida con un bañador. La invité a sentarse junto a mi en el borde de la cama y masturbar a mi marido. Comencé yo hasta que entró en erección. Ella miraba tímidamente pero en sus pupilas podía ver como crecía el deseo y la curiosidad. Aunque no era su primer maduro a nivel sexual.

El momento en el que alargó su mano para sujetar el pene erecto de mi marido fue el comienzo de todo. Se le pasaron todas las dudas y el morbo comenzó a fluir. Ella se relajó. Lo masturbaba mientras me miraba. Buscaba mi aprobación. Yo la alentaba de forma cómplice.

Pasé a desnudarme yo también y acercarme a mi marido. A él le encanta disfrutar de mis pechos. Los masajea y manosea con gran maestría. Yo estaba de espaldas a mi joven amiga y tapando con mi cuerpo el contacto visual de mi marido y ella. En ese intervalo le pregunté por gestos como la veía él. Como la sentía. Su cara de satisfacción lo dijo todo.

Apenas unos momentos después, escuché el ruido húmedo de una garganta. Miré a mi pareja y estaba con la cabeza estirada hacia atrás, los ojos cerrados y relamiéndose de placer. Giré mi cabeza y observé el bulto de la chica subido en la cama. Era una felación.

Me quité de encima de mi esposo y ella se asustó. Me miró con ojos asustados mientras tenía la polla de mi marido en la boca. Se ruborizó rápidamente y con muchas dudas abrió la boca y lentamente fue subiendo la cabeza. La polla de mi marido brillaba envuelta en babas. Desde la boca de ella, se descolgaban flemas e hilos de saliva que terminaban por el cuerpo del pene y el pubis de mi esposo. Fue una visión realmente hermosa. Inocencia y perversión perfectamente equilibradas.

Le di mi enhorabuena y la pedí que se quitara el bañador. Que un cuerpo tan bello era para mostrarlo. Además de que ya había confianza y sería más cómodo para ella. Así lo hizo. Se quedó completamente desnuda. Un cuerpo juvenil de portentosa belleza y perfectamente cuidado. Mi esposo no se contuvo y comentó lo maravillosa que era. Le pidió que se acercara y ella anduvo hasta el lateral de la cama. Pese a yo no sentir atracción por las mujeres, no pude evitar quedarme obnubilada por el balanceo sensual de sus caderas. Sufrir el magnetismo de sus hoyuelos de venus en la espalda e hipnotizarme sus blancas y tiernas nalgas con movimiento acompasado de sus piernas.

Mi marido extendió el brazo con la palma de la mano hacia arriba a la altura de la vulva de ella. Con una mirada envuelta en timidez, miraba con gran atención a mi esposo y luego a mi. Yo le hice el gesto de que se relajara y me acerque a donde estaba. Ella separó ligeramente las rodillas y sacó pubis.

Mi esposo la acariciaba y la miraba como si de un niño con juguetes nuevos se tratara. Dulzura y suavidad era una. Yo la puse mis manos sobre sus hombros y la susurré: Disfrútalo, no estés tensa. Aquí estamos para disfrutar.

Un tímido gemido salió de sus labios carnosos y húmedos. Había sido penetrada por los dedos de mi marido. Ella sopló y resopló. Su cadera cobraba vida, se iba moviendo buscando el placer. Su cuerpo comenzó a sonrojarse. primero un rosa pálido, después un tono más salmón y ahí fue cambiando de tonalidades.

Mi marido se revolvió en la cama y se puso cabeza abajo. Quería degustar ese coño joven y caliente. Ella dudo cómo colocarse. Con inseguridad y ayudada por mi, se colocó junto a la cama con la cabeza de mi esposo entre sus piernas. Mi marido rápidamente estiró sus brazos y agarró con firmeza el culo de la chica. Una mano en cada nalga que se apretaban entre su carne. Ella miró al techo y bufó cerrando los ojos para después morderse los labios de forma pasional. No pudo resistirse a llevarse sus manos a sus pechos y manosearlos.

Yo me coloqué en el lado opuesto de la cama para verla a la vez que le realizaba una felación a mi pareja.

Era una preciosidad verla disfrutar. El mejor momento fue cuando en esa posición, sin dejar de mirar al cielo y con los ojos cerrados, intentó decir que por el culo no. Comenzó con cierta energía, pero “culo” apenas se la oyó, y el “no” fue entre exhalaciones de placer. La pregunté qué le ocurrió, y con dificultad por la agitación de su respiración me contestó, lo tengo virgen. Creo que mi marido ni la escuchó, porque sino se hubiera puesto mucho más excitado. Aunque por suerte para ella, solo estaba experimentado el placer de un beso negro.

Les paré un segundo, la pregunté a ella si estaba bien o la incomodaba eso. Mi marido se quedó muy sorprendido y sin terminar de entender lo que ocurría. Ella con timidez y desasosiego, volvió a repetir que nunca había tenido sexo anal. Por eso estaba algo asustada e incómoda. Pero que eso de la lengua, si la estaba gustando mucho. La propusimos probarlo en una postura más cómoda, el beso negro. La penetración ya llegaría después si ella quería.

La recomendé ponerse en pompa en mitad de la habitación. Ella enseguida comentó: “¿Cómo haciendo twerking?” y adoptó la postura en un santiamén. Mi marido se puso tras de ella. Yo delante de ella mirándola para apoyarla y sobre todo para sujetarla los glúteos y que mi marido se pudiera esmerar en el beso negro.

A mi me resultó tremendamente excitante tenerla así y poder sentir a través del contacto piel con piel su placer. En cuanto comenzó mi marido a usar la lengua, comenzó a respirar más fuerte. En el momento de introducirle algún dedo por la vagina. Ella comenzó a tener pequeños espasmos. Yo animaba a seguir a mi marido haciendo lo que estuviera haciendo y a darle más placer a esa chica. Una juventud que afloraba por cada poro de su piel. Tuve la oportunidad de darla algún cachete en el culete y de arañarla. La pobre joven se derretía con eso. El placer la superaba. Así llegó al clímax, que lo culminó con una eyaculación femenina. Terminó soltando gran cantidad de fluido a chorro por su vagina. Bañó a mi marido y empapó el suelo de la habitación.